Uno, dos, tres y cuatro. Resuenan en su cabeza, ¿a jugar?, ¡vamos a jugar!, espera, alto, -¡Cállense!, - ¿Quieres jugar?, - Adiós. Cinco, seis, siete y ocho.
Para Ana es difícil vivir con aquellas voces en la cabeza, pero ella lo encontraba de lo más normal. Cada vez que se quedaba callada o no sentía ningún ruido aparecían de nuevo esas voces, pero Ana se preocupaba de no contarle a nadie aquello que le ocurría. De Ana todos se burlaban, por esta misma razón no salía mucho de casa.
Uno, dos, tres y cuatro, siguen resonando en su cabeza.
-¡Basta ya! - grito Ana y las voces se callaron por un momento. Ana sale de su habitación y prendió la radio, lo único que pudo escuchar fue " Sabes que es cierto, tienes que perder para saber como ganar", apagó la radio y volvió a su habitación. Escucho que se cayo algo, se da media vuelta y corrió a cerrar la puerta.
Ana se dio cuenta que habían pequeñas personitas de mediana estatura con cara de preocupación entre unos y otros. Ana fue rápidamente para hablar con uno de ellos, pero todos se reunieron en un rincón de la habitación, pensando que Ana les haría algo o llamaría a un mayor para delatar su existencia.
- Descuiden no les haré daño a ninguno de ustedes - dijo Ana - ¿Son uds las voces que yo escucho?
-Sí - dijo uno de los pequeños individuos - pero no era nuestra intención molestarte.
- Pero, oye - dijo otro rápidamente - tienes que prometer que no le dirás nada a nadie.
- ¡Prometido! - dijo ella.
En ese instante, las pequeñas criaturas llevaron a Ana al lugar en donde se escondían. Los enanos confiaban en Ana para que su especie pudiera seguir sobreviviendo entre los humanos.
Los días fueron pasando y Ana ya no escuchaba mas las voces, ya que ahora sabía la verdad de los seres que le hablaban. Ella iba de en vez en cuando a visitar a estos pequeños enanitos. Hasta que un día no pudo aguantarse las ganas de contarle a alguien que en verdad existían aquellas personitas. Su madre era una mujer muy ocupada y además era científica y le interesaban las cosas sobrenaturales. Junto con su amigo el Doctor Klapaucius, ellos se pasaban horas hablando el mismo tema cada vez que tenían la oportunidad.
Ana no aguanto mas, fue a ver a los enanos y a buscar uno de ellos para llevárselo a su madre y al Doctor Klapaucius. Cuando ellos lo vieron quedaron muy sorprendidos y la madre se lo quizó llevar de inmediato para estudiarlo.
- ¡Rompiste tu promesa Ana! - dijo el enano - la rompiste, la rompiste.
Ana se dio cuenta de su error y supo que probablemente acabarían con los enanitos que vivían ocultos en si propia casa. Uno, dos, tres y cuatro, llegan esas palabras en su cabeza. ¡ Mentirosa!, pensé que eramos amigos, humana tenia que ser, espera alto, dije ¿amigos? ¡NO!,- ¡ cállate!, hasta nunca. Cinco, seis, siete y ocho.
Fue corriendo hacia el trabajo de su mamá y se encontró con un vago que tenía una caja entre sus manos, este al ver a Ana le entrego la caja y salio corriendo, pero se devolvió a ver a Ana.
- Tienes que pedir un deseo, el más loco que tengas en tu vida - dijo el.
A Ana le parecía una mentira y salio corriendo con la caja incluida pero se dio cuenta que iba a llegar tarde a su casa donde su madre y el Doctor Klapaucius experimentando con los enanitos, así que se atrevió a pedir un deseo. "Deseo volver a mi habitación, y que los enanos sigan escondidos". Cuando abrió los ojos allí estaban los pequeñas criaturas mirándola. Ana les dijo lo mismo que les había dicho la primera vez que los vio y estos respondieron exactamente igual.
Ana muy precavida les explico lo que sucedería sino se iban de la casa, pero ellos se negaron a irse, porque esa casa era su hogar desde hace mucho tiempo. Así que llegaron a un acuerdo los enanitos vivirían en el jardín y cada vez que Ana los necesitara los llamaría y ellos acudirían.